Julio en Naucalpan no fue un mes cualquiera, compadre. Fue el mes en el que la seguridad dejó de ser tema de plática de café y se convirtió en el pan de cada día… y de cada noche, y de cada madrugada. No por un solo balazo épico que se hiciera viral, sino por la pura acumulación de chingaderas que, como buen mexicano, uno ya ni se sorprende: “otra vez, ¿verdad?”.

Hubo de todo. Un intento de robo de auto en Ciudad Satélite que terminó con el ladrón abatido (porque al parecer el destino decidió que ese día no era de “llévalo suave”). Una riña en San Lorenzo Totolinga que dejó dos muertos, de esas que empiezan por “a ver quién es más verga” y terminan en el panteón. Y así, de a poquito, el municipio se fue llenando de plomo, de sirenas y de esa sensación de que el orden público andaba más perdido que turista en el Metro a las seis de la tarde.

Pero lo verdaderamente jugosito no fue ninguna de esas balaceras sueltas. Lo que de verdad resume el mes es el desenlace institucional del 31 de julio: más de 200 elementos de fuerzas federales, estatales y municipales aterrizando en Naucalpan como parte de la “Estrategia Operativa Oriente”. Sí, leíste bien. SEDENA, Guardia Nacional y la Secretaría de Seguridad del Estado de México se pusieron de acuerdo (milagro burocrático) para hacer recorridos permanentes y patrullaje en las zonas “prioritarias”. O sea, en las que ya ni el santo de la casa podía más.

No es que Naucalpan tuviera un julio especialmente violento por casualidad. Es que la violencia acumulada obligó a una respuesta de aparato estatal completo.

¿Casualidad que julio hubiera sido especialmente violento? ¡Ni madres! Fue la violencia acumulada la que obligó al aparato estatal completo a mover el trasero. Todo lo demás —el clima lluvioso, la gaceta municipal, hasta la perrita rescatada en Zomeyucan— es puro ruido de fondo administrativo. Como decir que mientras la casa se estaba quemando, alguien se preocupaba por acomodar bien los floreros.

Y no se quedó en el show del 31. El operativo tuvo continuidad… y hasta se le subió el ego. El 2 de agosto la Guardia Nacional se sumó formalmente al relajo junto con Sedena y los estatales. Para el 3 de agosto ya había más de 200 elementos y 41 unidades dándole vueltas al municipio como si fueran a inaugurar un centro comercial. No fue un patrullaje de “aquí estoy y ya me voy”. Fue de “aquí me quedo y además te construyo casa”.

Porque el municipio, en un arranque de lucidez (o de desesperación, usted decide), anunció la construcción de un nuevo C4 —Centro de Comando, Control, Comunicación y Cómputo— para sustituir el centro de monitoreo actual, que llevaba casi dos décadas operando y ya estaba más viejo que el chiste del “¿ya llegamos?”. Inversión superior a 50 millones de pesos sobre un predio de 3,211 m² en La Victoria, en la cabecera municipal. O sea, pasaron de “vamos a mandar cuates a patrullar” a “vamos a levantar infraestructura permanente porque esto ya no es un problema de pasadita, es de raíz”.

En resumen: Naucalpan no tuvo un julio violento por mala suerte. Tuvo un julio violento que obligó al gobierno a sacar el arsenal completo y, de paso, a gastar una lana considerable en un C4 nuevo. Porque cuando la inseguridad se pone tan pesada que ni con operativos temporales se calma, entonces sí toca invertir en cemento, pantallas y radios… y rezar para que esta vez sí funcione.

¿Y agosto? Pues ya arrancó con el mismo ritmo. A ver si el nuevo C4 alcanza a ver la luz antes de que el siguiente “acumulado de episodios” obligue a traer hasta la marina. Porque en este país, a veces, la única forma de que las autoridades se pongan serias es cuando el desmadre ya no cabe ni en las notas de “hechos diversos”.

Así que, vecinos de Naucalpan: bienvenidos al mes en el que la seguridad dejó de ser promesa de campaña y se convirtió en operativo de emergencia… con presupuesto y todo. ¿Será que por fin aprendieron, o solo están comprando tiempo hasta el siguiente “otro intento de robo que terminó mal”? El tiempo, y las balas, lo dirán.